El grito por la libertad


Existe un mito ampliamente extendido entre los pueblos democráticos de hoy. Tal vez sea el mito por exelencia de este régimen político; la revolución como el intento de liberación por parte de un pueblo oprimido y su legítima defensa contra toda forma de injusticia sufrida.

De hecho, desde John Locke, los teóricos democráticos encuentran fundamentos sólidos en el concepto de la prerrogativa (Locke, Segundo Tratado, Capítulo 14).

El concepto de una prerrogativa del pueblo implica la localización de la voluntad del pueblo. La prerogativa en la ley británica se podría resumer como el orígen del derecho de legislar y ejecutar leyes. John Locke encontraba este orígen en el mandamiento divino del gobernador de actuar por el bien común.

Facilmente se puede entender la prerrogativa como la expresión de la voluntad popular y así localizar la expresión de la identidad de un pueblo en el acto prerrogativo.1 Esta idea se refuerza durante acontecimientos actuales cuándo participantes de manifestaciones políticas defienden, por motivos dispares, sus actos como expresión de una voluntad ampliamente compartida. Sólo un análisis más profundo nos permite ver que la idea de la prerrogativa en John Locke y el concepto de la voluntad de liberación de los pueblos en la historia actual son muy dispares. Mientras el discurso actual intenta de localizar el agente de una revolución para legitimizarla, por ejemplo contrastando la voluntad popular con la de un régimen militar, John Locke instrumentalizaba el pueblo como prueba en contra de un gobernador o en favor de otro. Es decir, la revolución, para Locke no es tanto la expresión de una voluntad sino síntoma de un mal-estar y obviamente un fracaso del gobernador en poder de obrar por un bien común.


En lo siguiento no se quiere profundizar más en este análisis, sin duda valioso para otros propositos.  La prerrogativa en el sentido de Locke, concebía una herramienta nueva en el desarollo histórico hacia una democrácia moderna. Precisa destacar, no obstante, que se concibe como herramienta en la retrospectiva. Locke no tuvo la intención de crear un nuevo sistema político sino justificar acciones violentas en contra de un gobernante y en favor de otro. La teoría expuesta en Segundos Tratados podría por lo tanto considerarse una ampliación de la idea de la guerra justa al ámbito de las relaciones internas de un estado. Tanto en el concepto historico de John Lock como en la prerrogativa moderna se basa en la suposición que bajo ciertas circunstancias la violencia es legítima, útil y necesaria; en otras palabras el único remedio justo, bueno y viable. En consecuencia, este artículo propone que la violencia puede ser comprensible, incluso justificablemente salir impune en circunstancias y, a veces, ser una medio necesario para hacer un conflicto visible dónde es negado o inconsciente, pero jamás puede resolver el conflicto.


Una revolución no puede ni restituir un bien común ni defender la soveranía de un pueblo. El propio acto de revolución revela que una parte de lo común es rechazado y que el pueblo carece del poder unificador que se podría considerar soberanía. Aquí sea alertado también el feroz defensor del poder legítimo o acual quién se opone a cualquier fuerza anarquica o revolucionaria por parte del pueblo. La fuerza estatal, en contra de la revolución, para ignorarla, callarla o destruirla, carece en la misma medida de poder restitutivo y soberanía como la fuerza revolucionaria.

En primer lugar esto es debido a que las revoluciones no son expresión de una voluntad popular sino más bien táctica ágil de una parte de un pueblo de hacerse oir, es decir síntoma de diversidad y discrepancias que existen en un pueblo y no de su unidad. Segundo, revoluciones no se hacen bajo régimenes injustos crueles y opresantes sino en tiempos dónde el gobierno flaquea y pierde su poder, sea por razones externas, internas o ambas. Las revoluciones como tal son síntoma de la pérdida de identidad y poder de un pueblo en conjunto, y no sólo de su gobierno. Por lo tanto, son una señal que un pueblo ya se encuentra, por lo menos en parte, en el estado de anarquía, tan temido por John Locke y sus contemporáneos. Las revoluciones son los primeros dolores del caos.

Esto lleva al segundo mito, el de la creación de la nada. No son escazas las teorías políticas que consideran cierto nivel de desorganización, violencia y sufrimiento el precio que hay que pagar por la libertad. Aquí no se refuta que todo en la vida tenga un coste, incluso que recreación sea posible despues de una destrucción. No obstante, cualquier tipo de violencia o destrucción es un mal innecesario, debido a una visión mecanista del mundo, que causa sufrimientos evitables que en el peor caso agravan el problema original más de lo que lo resuelven.

¿Qué alternativa existe entonces cuando una sociedad se encuentra en una situación actual inacceptable y los diversos participantes obviamente no se ponen de acuerdo?

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